El bullying o acoso escolar hace referencia a una conducta persecutoria de violencia física o psíquica que se ejerce por parte de un menor o varios menores contra otro menor, que es la víctima. Mucha gente lo confunde con la violencia escolar. Esta engloba cualquier tipo de acto violento que se produce dentro del entorno escolar, desde un acto puntual contra un profesor hasta un acto puntual contra el inmobiliario del colegio.

La diferencia entre el bullying y la violencia escolar es la prolongación en el tiempo. El acoso escolar se perpetúa de una manera prolongada en el tiempo. En cambio, la violencia escolar es un acto puntual. Aunque también se trata de un hecho grave, una agresión aislada no se considera bullying si la situación de acoso no se mantiene durante un tiempo.

“25 de cada 100 niños han sufrido acoso en algún momento de su etapa escolar”, nos afirma la psicóloga Raquel Durán. Esta situación se da con una frecuencia preocupante en colegios e institutos y, aunque no siempre lo sufren niños con baja autoestima o timidez, este es el perfil más recurrente. Es fundamental tener claro que el bullying lo puede sufrir cualquier alumno.

Al ejercer acoso escolar sobre un alumno, no solo participan el menor instigador y la víctima, existe un tercer elemento que participa: el espectador. Se trata de todos los alumnos que no están interviniendo pero que observan y no hacen nada. Se consideran un agente activo en la prevención y erradicación de este problema. “Hay programas que promueven una actitud activa y una actitud colaboradora con la detección del acoso escolar”, nos informa Raquel Durán.

La falta de información es el primer factor por el que suceden estas situaciones. El flujo de comunicación con los docentes y los alumnos es de vital importancia para la resolución del conflicto. Por pedir ayuda, el joven no es un chivato, “es un niño valiente y es un héroe”, señala Durán. Además, muchos padres recurren al cambio de colegio para huir del problema, pero siempre es necesario pedir ayuda para una correcta recuperación de los daños psicológicos, que son los más difíciles de sanar.

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